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sábado, 13 de abril de 2013

Al barrio que me atraviesa


Me pesan los párpados, me duelen los ojos, tengo olor a zanjón contaminado, tengo frío, tengo calor, mi cabeza explota. Son las ocho de la noche y siento como si fueran las doce. Siempre que salgo del barrio cuento las horas que pasé adentro: lo hago con los dedos, como en la primaria, y muchas veces me da más de ocho. Hoy me dio nueve.

Mi historia en ese lugar empezó hace casi cuatro años, cuando yo tenía 20. Fui porque era el único barrio donde se estaba empezando a trabajar en la ONG donde participaba. Conocí a una señora boliviana que se llamaba María. Conocí a sus hijos, a sus vecinos, a sus sobrinos. Y cada sábado, religiosamente, me tomaba el mismo micro, caminaba las mismas cuadras y llegaba adonde todo se convertía en una mezcla de alegría y bronca, amor y desilusión, cantos y lágrimas. Me generaba contradicción: los nenes se divertían, y yo me empezaba a asomar a su realidad. Pero disfrutaba cada vez más estar ahí, saltando en el medio de la calle y gritando “un tallarín, que se mueve por aquí, que se mueve por allá”.

El grupo de gente que iba conmigo, voluntarios, se fue deshaciendo, las personas consideraron que su cuota de caridad había acabado, que ya habían visto sonrisas de niños pobres: su tarea estaba cumplida. O, siendo menos cruel, la rutina los consumió y se olvidaron de los olvidados. En realidad no sé bien por qué, pero empezaron a desaparecer. 
Para el bien de mi alma, aparecieron otros. Otros con los que crecí y aprendí. Otros y otras, que se convirtieron en parte de mi historia, de mis preguntas existenciales. Personas con las que me ponía en pedo y hablábamos de los nenes, de sus familias, de sus problemas, de la pobreza y de por qué mierda ellos tienen que vivir así y nosotras no.

Y esos sábados dejaron de ser eso, sólo sábados, porque se convirtieron en lunes, jueves, domingos. No importaba qué día fuera, si queríamos ir a tomar unos mates y éramos más de dos, íbamos. Porque ahí la pasábamos bien, porque ahí éramos oreja y sonrisa y abrazo y beso. Así nos empezamos a conocer, a saber que María no era María, sino Porfidia, y ellos empezaron a saber que yo no era Colo, sino Rosario.


Cuando entro, en mis mejores días, me siento una diva: me gritan de una casa, de otra, ¡Colo, Colo!”. A veces me como el amague y es alguien que me quiere decir linda, pero no me conoce. Y eso tampoco me sienta mal. Aunque la mayoría de las veces es un nene o una nena que pregunta si hay escuelita hoy.

Otros días me siento una puntera, porque los saludos son cordiales, de gente mayor, y voy levantando la mano e inclinando apenas la cabeza. Una vez, una puntera peronista me dijo que ella no tenía miedo ahí, sabía que nunca le iban a hacer nada porque la conocían. Y así me siento yo.

El barrio es, para mí, uno de los lugares más seguros de la ciudad. Aunque es ahí donde vi, por primera vez, transas, armas, escuché tiros y corrí a refugiarme para después chusmear desde la puerta, vi motos quemadas como mensaje mafioso. En esos momentos no sentí miedo, pero después sí reflexioné. Porque yo me puedo ir, y ellos no, como dice una oración de Mugica.

No puedo cerrar estos pensamientos porque no tienen fin, porque a mi vida la atravesó ese barrio y nunca puedo, ni pude, ni quiero, dejar de sentirlo. En risas y en llantos, lo siento adentro.

martes, 29 de enero de 2013

A Bolivia volver



A Porfidia Quispe Escobar le dicen María, porque a nadie en el barrio le sale pronunciar su  nombre. Hace 15 años llegó al asentamiento San José, de Ensenada, con su marido y un bebé de meses. Hoy tiene 37 años y seis hijos. Viven del cartoneo, ese que no sólo junta cartones sino que lleva lavarropas rotos, frutas medio podridas y todo lo que pueda tener cobre. De vez en cuando también compran conejos, chanchos y perros para vender en el barrio.
En la década del 70, Porfidia nacía en Mina Chojlla, un pueblo minero de las yungas bolivianas. Todos los días su papá se levantaba bien temprano, cuando todavía estaba oscuro, para internarse más de doce horas debajo de la tierra, juntando minerales para los poderosos. Cuando ella amanecía para ir a la escuela, se levantaba sola, se vestía sola, desayunaba sola y salía. Su madre había muerto cuando ella tenía tres o cuatro años, no se acuerda bien. Lo único que su mente logró guardar de esa mujer fue un día que la llevó al cine y le hizo poner una campera que le quedaba chica. Cuando se acuerda, ríe e imita su propia voz y sus gestos de apretada por el abrigo. Pero al instante recuerda por qué ese es el único recuerdo lindo: sus padres no estaban borrachos aquél día. El alcohol mató a su mamá, no recuerda bien cómo, pero sabe que estando internada escondía las botellas de  alcohol etílico debajo de la almohada. 
Su padre fue lo mejor y lo peor en su niñez. Gracias a él comía, se vestía y estudiaba, pero también por culpa de él se fue de su casa para ofrecerse de limpieza cama adentro. Era un hombre pequeño, bien moreno y de ojos irritados: la vida en la mina no era (ni es) saludable para nadie. Cada vez que salía del trabajo se iba con sus compañeros a uno de los pocos bares del pueblo. Tomaban hasta que el lugar cerraba y cuando decidían irse a la casa donde Porfidia estaba durmiendo, a seguir  la borrachera. Ella se despertaba por los ruidos; los amigos de su padre la veían y querían tocarla. Su papá estaba demasiado borracho para darse cuenta y reaccionar. Ella estaba demasiado consciente.
A sus 34 años, radicada en Argentina sin documento, piensa en su pasado y llora: “Mi infancia fue una infancia triste”. Su pelo negro azabache le llega a la cintura, pero para limpiar lo lleva atado: casi nunca se lo ve en todo su esplendor. Tiene los ojos rasgados por la naturaleza y por la tristeza de una vida, como ella dice, "con muchos golpes".